No pocos cuestionan que los juicios de Dios sean justos, porque no entienden su carácter y santidad. Muchas veces la Iglesia alaba al Señor como Salvador por su misericordia, y está bien, pero pocas valora su justicia. Dios jamás juzgará a ninguna persona, tribu o nación sin antes haber enviado su Palabra y advertir a través de ella por medio de sus profetas y siervos. Han pasado casi dos mil años desde que se completó el Nuevo Testamento con el Apocalipsis de Juan, y desde entonces se ha guardado silencio, no ha habido ninguna escritura inspirada porque ya está todo dicho, sólo falta el cumplimiento total de la profecía. Dios también se glorifica cuando hace prevalecer su justicia, y así nace esta gran alabanza en el cielo: “Porque sus juicios son verdaderos y justos”. Sabemos por el Evangelio de Juan 5:22-23 que “el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre.” Así esperamos el retorno de nuestro Señor Jesucristo al final de los tiempos, sabiendo que el Padre le ha entregado el juicio y que, por tanto, estamos en buenas manos; sus juicios “son verdad, todos justos” (Salmo 19:9). En este pasaje se especifica lo que Dios ha juzgado y qué le ha motivado a hacerlo: “La gran ramera que ha corrompido a la tierra con su fornicación, y ha vengado la sangre de sus siervos de la mano de ella”. El castigo, aunque pudiera parecer durísimo, lo merecía. Cometió crímenes muy graves, desde la idolatría hasta la persecución a muerte de los santos y los profetas de Dios. Además, ella enseñaba a pecar a otros, y había logrado apartar de Dios a millones de almas. A menudo es fácil perder la esperanza cuando vemos en el mundo el triunfo del mal, pero Dios no es indiferente al sufrimiento de su pueblo ni a la injusticia. Él pagará, dice Pablo en Romanos 12:19, la venganza solo pertenece a Dios; es un acto de justicia divina que restaura el equilibrio y trae la paz. A pesar de su crudeza y de lo cruentos que son muchas veces, ¿son realmente justos y verdaderos sus juicios? Y aunque la orden de Dios sea: “Ve, pues, y hiere a Amalec, y destruye todo lo que tiene, y no te apiades de él; mata a hombres, mujeres, niños, y aun los de pecho, vacas, ovejas, camellos y asnos” (1 Samuel 15:3). ¿Cómo podemos entender esto, también los niños? Bien, Dios no actúa bajo arrebatos de ira; como ya sabemos, es “lento para la ira, y grande en misericordia” (Salmo 103:8), paciente hasta que la maldad de los hombres llega a su colmo. La maldad tiene consecuencias no solo para la persona que la comete, sino para su entorno, y de manera muy especial para sus hijos, que están en proceso de formación e imitan conductas y repiten patrones emocionales que son transmitidos a las siguientes generaciones. Por ejemplo, ¿qué probabilidad tiene un niño de ser un delincuente el día de mañana si sus padres viven del tráfico de drogas, de la violencia, de la estafa o del robo? Todas, tienen todas las papeletas de caer, porque el pecado vive en casa. Tal vez sea por esto que Dios visita la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación (Éxodo 20:5).
Ahora bien, ¿por qué un Dios de amor en su gran misericordia requiere satisfacer necesariamente su ira? Porque en este asunto tres cosas convergen al mismo tiempo: su amor, el pecado y su justicia. Su amor busca salvarnos, quedó más que evidenciado cuando “siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8), pero su justicia le impide hacerlo ilegalmente. Dios es amor, y precisamente por eso su justicia no le permite pasar por alto el pecado. Es su amor lo que Dios busca complacer, no su ira. No obstante, es su justicia la que exige que el pecado sea castigado, porque “la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23). En este punto se presenta un gran conflicto legal: ¿Cómo conciliar su amor y su justicia? Siendo éstos parte de sus atributos divinos, el Señor “no puede negarse a sí mismo” (2 Timoteo 2:13), ni ir en contra de su propia naturaleza. Él no es como nosotros. Cuando los hombres, por ejemplo, indultan a un criminal, en teoría hacen un gran acto de misericordia. Sin embargo, es sumamente injusto para la víctima y para sus familiares. Y aun cuando, el perdón viniese de la propia víctima, todavía existiría injusticia en el acto, porque el delito continuaría impune. Un perdón, para que a la vez sea justo, debe necesariamente hacerse cargo del delito. Es más, en un caso hipotético, si un tercero se ofreciera a pagar con su vida para salvar al victimario, todavía sería improcedente, porque el ajusticiado no es responsable de ese crimen y también se cometería un acto de injusticia con esta tercera persona. El perdón del Señor, en cambio, no es injusto, porque está basado específicamente en la satisfacción de su propia justicia, que es perfecta. Cuando el pecado entró en el mundo, el orden que Dios estableció fue trastornado, su autoridad rechazada, su gloria pisoteada, su santidad profanada, y su verdad mal entendida. Por ser justo, tenía que juzgar el pecado. Pero porque es amor, tuvo que cargar con los pecados del hombre. Así, Dios fue justo y, a la vez, “el que justifica al que es de la fe de Jesús” (Romanos 3:26). Su severidad y su bondad quedaron así reconciliadas y satisfechas, porque se sometió al castigo por nosotros. Conflicto legal resuelto. Cuando confesamos nuestros pecados, el Señor es fiel y justo para perdonarnos (1 Juan 1:8-10), lo cual no es solo un acto de amor y de misericordia, también lo es de justicia. Su perdón y gracia están basados en su justicia, satisfecha en la cruz de Cristo. De esta manera hemos sido “comprados por precio” (1 Corintios 6:20), y en Jesús “tenemos la redención mediante su sangre, el perdón de nuestros pecados” (Efesios 1:7-8).
La gran multitud entona su segundo “¡Aleluya!” en el cielo. ¡Alaben a Dios!, exclaman, porque el “humo” de la pira de Babilonia se eleva por siempre, “por los siglos de los siglos”, y ya nunca más volverá a resurgir de sus cenizas. Esta frase se encuentra en tiempo presente de indicativo, “sube”, lo que revela una acción continua, un castigo perdurable. El texto griego original utiliza la expresión “edades de las edades”, «αιων, aión» (#165 Strong), en lugar de “por los siglos de los siglos”, para referirse a una era o a una edad; por extensión, perpetuidad (también pasada). Las consecuencias de este eterno castigo se anticiparon capítulos atrás, en Apocalipsis 14:11, cuando el tercer ángel que vuela “por en medio del cielo” le dice al apóstol: “Y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos (esto quedará como un recordatorio permanente de la justicia de Dios). Y no tienen reposo de día ni de noche los que adoran a la bestia y a su imagen, ni nadie que reciba la marca de su nombre.” Todo este lenguaje bélico de ruinas y humo que Juan utiliza de forma tan gráfica manifiesta una imagen poderosa de la destrucción definitiva del mal en el mundo. Aquí parece inspirarse en una frase tomada de «la ira de Jehová contra las naciones», cita que viene de Isaías 34:10, y retrata la caída de la importante ciudad de Edom al sur del Reino de Judá; caída que se aplica a todas las ciudades que practican la misma perversidad, incluyendo el actual sistema de gobierno mundial: “No se apagará de noche ni de día, perpetuamente subirá su humo; de generación en generación será asolada, nunca jamás pasará nadie por ella.” El humo es un elemento que la Biblia relaciona comúnmente con la presencia divina, la purificación y el juicio, y su significado varía según el contexto. En Apocalipsis se asocia con la ira de Dios y con los juicios finales. Deuteronomio 29:20: “No querrá Jehová perdonarlo, sino que entonces humeará la ira de Jehová y su celo sobre el tal hombre, y se asentará sobre él toda maldición escrita en este libro, y Jehová borrará su nombre de debajo del cielo.” Apocalipsis 9:1-12 es otro pasaje donde el humo se ve como un agente de juicio; representa el tormento de los incrédulos y la ira de Dios hacia el pecado. Cuando el ángel toca la quinta trompeta, se abre el pozo del abismo y sube un humo tan denso que oscurece el sol y el aire. Aquellos hombres que no tengan el sello de Dios en sus frentes serán atormentados cinco meses, “buscarán la muerte, pero no la hallarán”, porque la muerte huirá de ellos.
Pedro anota en su Segunda Epístola que en la Escritura “tenemos la palabra profética más segura”, y ésta revela que en algún momento de la línea de tiempo una cadena de sucesos provocará la caída del sistema de gobierno de la bestia. El cielo se regocija por esto, y a esa gran muchedumbre que inicia el capítulo con un cortejo de alabanza -aquella que en Apocalipsis 7:9 “nadie podía contar” y que se encontraba en la presencia del Cordero delante del Trono-, se unen en adoración “los veinticuatro ancianos” y “los cuatro seres vivientes”. Se postran “en tierra” en señal de reverencia y adoran a Dios, que está “sentado en el trono”. Es la última vez que Juan los menciona en su libro. Su primera aparición tuvo lugar en el capítulo cuatro, antes de que el Cordero abriera los siete sellos del rollo. Los veinticuatro ancianos son parte de la corte celestial, están sentados en sus tronos y rodean en arco el Gran Trono de Dios (Apocalipsis 4:4). Etimológicamente, la palabra “ancianos”, «πρεσβυτερος, presbúteros» (#4245 Strong griego), como sustantivo, significa viejo, anciano, mayor; específicamente, miembro del sanedrín israelita; figuradamente, miembro del concilio celestial. El «trono» es un asiento destacado que implica poder, una autoridad que se otorga a los que, por la edad o experiencia, están mejor cualificados para gobernar. Es interesante notar que Dios, a pesar de tener el control de todo, desea delegar su autoridad en los que lo abandonan todo para seguir a Jesucristo. Mateo 19:27-28: “Entonces respondiendo Pedro, le dijo: He aquí, nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido; ¿qué, pues, tendremos? Y Jesús les dijo: De cierto os digo que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros que me habéis seguido también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel.” Cada creyente debe estar preparándose para ese destino final, porque el que nos lavó de nuestros pecados con su sangre “nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre” (Apocalipsis 1:6). Las decisiones que tomamos, la forma en la que administramos nuestro tiempo y cómo manejamos los dones que Dios nos ha dado, cuentan. Apocalipsis no descubre la identidad de los ancianos, pero sí que están “vestidos de ropas blancas, con coronas de oro en sus cabezas”. Aún se debate entre los eruditos de la Biblia si los veinticuatro ancianos son seres humanos o celestiales. Unos dicen que actúan como representantes de la Iglesia en su totalidad. Otros, que son el resultado de sumar a los doce patriarcas del Antiguo Testamento con los doce apóstoles del Nuevo Testamento. Y hay quien asegura que son un reflejo de las veinticuatro clases sacerdotales que servían en el Templo. Imposible saberlo. Sin embargo, algunas cosas sí podemos deducir. Parece que forman como una especie de senado de honor o concilio celestial que rodea el Trono de Dios. Recuerdan en cierta manera a los ancianos de Isaías 24:23: “La luna se avergonzará, y el sol se confundirá, cuando Jehová de los ejércitos reine en el monte de Sion y en Jerusalén, y delante de sus ancianos sea glorioso.”
Además de los ancianos, también aparecen en escena “los cuatro seres vivientes”, cuyo significado en griego koiné, «ζῶν, zón» (#2226 Strong), es el de ‘criaturas vivas’, no necesariamente “bestias”, como en la versión King James. Por su proximidad a los cuatro lados del Trono, se deduce que pertenecen a una categoría especial y sublime en la jerarquía angelical: “querubines” en Ezequiel 1:5-14, o “serafines” en Isaías 6:2-4. Los textos que describen a estas criaturas no señalan que sean figurativas, sino seres reales, auténticos. De alguna manera participan de la justicia de Dios; no en vano, uno de ellos -no sabemos cuál-, es el que entrega “a los siete ángeles las siete copas de oro llenas de la ira de Dios” (Apocalipsis 15:7). Ese poder se percibe de nuevo cuando el Cordero abre uno de los sellos, y en Apocalipsis 6:1 Juan oye a uno de los cuatro seres vivientes “decir como con voz de trueno: Ven y mira”. Apocalipsis 4:6-9 caracteriza al primer ser viviente semejante a un león; el segundo a un becerro; el tercero tenía rostro como de hombre; y el cuarto parecía un águila volando. Otro detalle interesante que observamos en estos seres es que no sólo están “llenos de ojos delante y detrás”, sino también “alrededor y por dentro” (Apocalipsis 4:8). Pueden mirar en todas las direcciones y nada hay que les esté oculto. Aunque no son omniscientes, atributo sólo reservado para Dios, tienen un conocimiento y una percepción sobresaliente, no parece que nada escape a su escrutinio. La Biblia dice que “los ojos de Jehová están en todo lugar, mirando a los malos y a los buenos” (Proverbios 15:3). Finalmente, el pasaje se salda con los ancianos y los seres vivientes diciendo “¡Amén!” a la alabanza iniciada por la gran multitud, y clamando el tercer “¡Aleluya!” de enaltecimiento al Señor, pues la gloria y el poder le pertenecen. Es una manera de expresar su aprobación a los juicios de Dios sobre la gran ramera. “Amén” es una de las pocas palabras que se pronuncia casi exactamente igual en todos los idiomas del mundo. Es de origen hebreo, «אָמֵן» (#543 Strong), y en sentido aprobatorio suele traducirse con la interjección ‘así sea’; como adverbio es utilizada en señal de reafirmación, es asentir la veracidad de una declaración, ‘ciertamente, así es’’. En los antiguos pueblos bíblicos, era presentado como un símbolo de fidelidad. En la actualidad, se utiliza generalmente para cerrar una oración. La Escritura se refiere al Señor en Isaías 65:16 como el “Dios de verdad”, literalmente el “Dios del Amén”; digno de toda credibilidad, “porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén” (2 Corintios 1:20). El mismo Jesús se reconoce así cuando presenta su mensaje a la congregación en Laodicea: “He aquí el Amén” (Apocalipsis 3:14).
Surge una nueva voz en el cielo, esta vez desde el Trono mismo, que convoca a todos los siervos y temerosos de Dios a unirse en alabanza a él. El verbo “temer”, «φοβεω, fobéo» (Strong griego #5399), significa ‘respetar’, por analogía ‘reverenciar’. Que la voz proceda “del trono”, no implica necesariamente que provenga de Dios, puede que sea la de un ángel cercano a él, o tal vez la de uno de los veinticuatro ancianos, pues la petición de alabanza se refiere al Señor como “nuestro Dios”. En cualquier caso, esta invitación a la exaltación y adoración a Dios no es selectiva, va dirigida a todos los fieles creyentes que le sirven y reverencian, cualquiera que sea la categoría o posición social que hayan ocupado, tanto “pequeños como grandes”. Todos están incluidos en la convocatoria a dar gracias, desde los que alguna vez tuvieron un lugar de preeminencia hasta los más humildes. Como al inicio del capítulo, Juan oye una vez más “la voz” de una gran multitud. Una voz cuya fuerza se asemeja al “estruendo de muchas aguas” y resuena como el sonido de “grandes truenos”. Este inmenso coro responde de forma clamorosa por el reinado del Señor, y su potencia vocal se compara con una “gran lluvia” -«ὑδωρ, júdor» (Strong griego #5204)- y una poderosa tronada. Apocalipsis se aproxima a la consumación total del plan de Dios, y a su vez también llegamos al máximo de la alabanza. Igual que hay algo irremplazable en los momentos a solas y en silencio con Dios, también debe ser algo absolutamente emocionante que millones de redimidos con un entusiasmo sincero y de corazón adoren a Dios como una sola voz, diciendo: “¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina!”. Cuando se escribe este libro, no hay otro momento en la historia en que estuvieran coaligadas contra la Iglesia tantas fuerzas destructivas, ni ningún otro tiempo en el que un cristiano fuera llamado a pasar por tales sufrimientos y aceptar la perspectiva de una muerte cruel. Y, sin embargo, aún en tales circunstancias, el apóstol Juan llama al Ungido “Dios Todopoderoso”. “Dios”, «θεος, theós» (Strong griego #2316), la Divinidad suprema; y “Todopoderoso”, «παντοκρατωρ, pantokrátor» (Strong griego #3841), el todo gobernante, es decir, Dios (como soberano absoluto y universal), título que aparece diez veces en el Nuevo Testamento, y nueve de ellas en Apocalipsis. El cuarto y último “¡Aleluya!” se levanta celebrando que el Señor “reina”, así es como concluye el pasaje. Se complacen porque saben que “serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años” (Apocalipsis 20:5). Jesús llama a Satanás “el príncipe de este mundo” (Juan 12:31), denominación que nos da a entender que en la actualidad Dios aún no reina de forma concluyente en el mundo, que en gran manera ni le conoce ni le obedece. Esto no quiere decir que Dios no siga siendo soberano, es solo que ha permitido operar al diablo con los “hijos de desobediencia” (Efesios 2:2), pero no le ha dado dominio sobre los creyentes, que han sido librados “de la potestad de las tinieblas” (Colosenses 1:13). La Sagrada Escritura dice que “el mundo entero está bajo el maligno” (1 Juan 5:19) y que “el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios” (2 Corintios 4:4).